Esta carta al director fue publicada en El Diario de Concepción el 12 de enero de 2012 (enlace), bajo el título “PSU y colegios particulares subvencionados”.
También fue publicada, resumida, en La Tercera el 15 de enero (enlace) bajo el título “Calidad en la educación”, y en El Sur el 17 de enero (enlace) bajo el título “Educación”.
Señor Director:
En momentos cruciales para miles de jóvenes como yo, creo que es necesario hacer un pequeño alto y dar el espacio para la reflexión. En mi opinión, el sistema educativo chileno está corroído hasta sus mismas raíces, y para dar fe de ello me referiré solo a un aspecto de esta hecatombe: los colegios particulares subvencionados. Hay que comenzar señalando que los buenos resultados que los particulares subvencionados han alcanzado en los últimos años son un hecho innegable. Sin embargo, la pregunta es si estos resultados son fruto, efectivamente, de una preparación integral, o son más bien resultado de un entrenamiento mecánico para las pruebas estandarizadas. En muchos colegios, incluyendo al del cual egresé, se prepara a los niños con mucha antelación para responder, por ejemplo, la prueba SIMCE. Esto indudablemente distorsiona la medición que pretenden realizar estas evaluaciones. Puedo decir además, en base a mi experiencia personal, que en muchos colegios particulares esta “robotización” para la obtención de resultados no es siempre sinónimo de “planificación y compromiso”. Al contrario, los planes, rígidos, no dan los espacios vitales para un desarrollo académico adecuado. Usualmente nos encontramos establecimientos con rimbombantes eslóganes, pero las sociedades dueñas de estos colegios parecen estar más apegadas a sus bolsillos, tal como queda demostrado en la visión pecuniaria que muchas de estas sociedades tienen de la educación. A los docentes se les sobrecarga laboralmente con agobiantes exigencias de planificación, matando cualquier conato de improvisación. De más está decir el frecuente despido de profesores que no siguen la “línea editorial” de rectoría, ya que en estos colegios suele reinar un ambiente más parecido a una dictadura que a un establecimiento educacional. ¿Son entonces estos buenos resultados académicos resultados de una planificación gerencial? En mi opinión, no. Más bien son consecuencia de un trabajo esmerado de profesores y paradocentes, trabajo que se hace mucho más difícil cuando es el lucro el conductor. Invito entonces a los lectores a intentar sobrepasar análisis someros y buscar, en cada colegio, directivos abnegados que pongan sus esperanzas en sus estudiantes y no en sus mensualidades.