Durante nuestras vidas, pocas veces nos detenemos un par de minutos para darle algo de perspectiva temporal al momento que estamos viviendo. Es que somos hedonistas, vivimos solo el presente, y esto es algo natural y muy humano. No me di cuenta de esto hasta el principio del año escolar en curso, cuando me vi sentado en un pupitre diferente al de todos los años, sin ninguna cara conocida a mi alrededor, frente a un profesor con el que nunca había cruzado palabra. Tal como me imaginaba el primer día en la universidad. Permítanme la licencia de narrar como fue que terminé allí.

El 2011 no comenzó nada de bien para mi familia. Unos días antes de año nuevo, me atropellaron. No fue nada grave, y para los adultos tuve “mucha suerte”, aunque para mí fue una catástrofe: todo enero en casa, inmovilizado, recuperándome de una fractura. En febrero, a mi papá le comienzan unos dolores abdominales fuertísimos. Lo acompaño a urgencias, queda hospitalizado, y para más remate, lo despiden de su trabajo. Las deudas comenzaron a caer como maná del cielo. Entre ellas, la mensualidad de mi colegio subvencionado.

La ley es la ley. Si no pagaba, no podía seguir. Y la ley no distinguía entre alguien que llevara un mes estudiando en el colegio y alguien que, como yo, sumara 11 años. Así las cosas, no quedó otra opción que buscar nuevo colegio para hacer 4º medio. Y de esta forma volví a la escuela donde hice 1º básico, casi por coincidencia. Entré allí un lunes, y el jueves mi actual colegio avisó que me becarían. Que podía regresar.

El primero de esos cuatro días lo pasé infinitamente hundido en mi puesto, buscando alguna mirada caritativa que no fuera de una curiosidad exacerbada por lo inusual que les resultaba a los demás tener un compañero nuevo en cuarto. En los recreos, entre presentación y presentación, recorrí toda la escuela a la vez que rememoraba la vida que había llevado en mi anterior colegio. Leer el resto de esta entrada »

Chile vive, no solo desde hace unas semanas atrás, sino que hace un par de años, quizás más, profundas revoluciones sociales que poca cabida han tenido en la superficialidad de los medios masivos de comunicación y en el gobierno. Estos cambios son incontables, pequeños, pero muy concretos, y su conjunción ya provocó (y provoca) remezones en la vida política y cotidiana de la sociedad.

Se ha dicho ya en demasiadas ocasiones que la sociedad chilena está pasando por cambios radicales y reiterarlo de esa forma sería una cacofonía imperdonable. Pero realizar un breve análisis con algo de perspectiva histórica podría dar más luz a los que repiten sin fin que estos cambios ocurren y no hacen nada para adaptar la máquina estatal a éstos.

En 1990, luego de 17 años de implacable dictadura, volvieron del exilio de la represión varias libertades (aunque no de forma completa, por supuesto). No me atrevo a decir que se restauró la democracia, quizás porque en la actualidad para gran parte del país este término no significa nada más que ir cada ciertos años a marcar una papeleta. Hasta Solón estaría escandalizado.

El recuerdo de la represión hecha contra la oposición durante el gobierno de Pinochet, sin embargo, no se borró fácilmente de la memoria colectiva. Por esto, movimientos sociales de protesta y masivos no se vieron en demasía durante la primera década de gobiernos de la Concertación. El pueblo se había acostumbrado a callar y someterse. Leer el resto de esta entrada »

El trabajo, considerado como una actividad humana y por tanto social, ha estado presente en la historia del hombre desde los mismos principios de su existencia, cuando partía desde las cavernas a buscar comida. Hoy, las definiciones más actuales de trabajo, muy asociadas con el concepto laboral de la palabra, suelen olvidar este ejemplo, aún cuando en su esencia son lo mismo: la búsqueda de una “recompensa” que nos permite seguir viviendo.

La sociedad occidental en la que nos desenvolvemos ha dejado muy atrás, desde luego, la idea de ir y tomar nosotros mismos las cosas que necesitamos, y lo ha cambiado por una serie de eslabones en los que, indefectiblemente, necesitaremos algo denominado dinero para obtenerlas.

El dinero es la base misma que sostiene la inmensa estructura económica de todos los sistemas que imperan en el mundo actualmente. En su concepto más básico no es más que un trueque que implica el cambio de una bolsa de arroz, por ejemplo, por algo que toda la sociedad ha acordado debe tener un valor equivalente a esa bolsa de arroz. Este algo es una cierta cantidad de dinero, y el procedimiento de compra-venta es algo tan arraigado que los niños más pequeños lo comprenden antes de siquiera aprender a leer o escribir.

Y entendido que la economía se sostiene, además, en el trabajo, es fácil deducir la asociación entre trabajo y dinero: hoy en día, independiente de las profesiones, vocaciones, gustos y emprendimientos, las grandes masas trabajan para ganar dinero, con el que sustentar sus propias vidas y muy usualmente, la de sus familias.

Todo esto es una definición muy general del concepto de trabajo, aplicada a nuestro contexto social y económico más inmediato. Sin embargo, en muchas ocasiones el propósito mismo del trabajo va más allá de obtener mecánicamente una recompensa. Esto se debe a la naturaleza propia del ser humano, quien busca otorgarle un significado a lo que hace, y es aquí cuando comenzamos a hablar de las distintas visiones existentes sobre el sentido y el valor del trabajo.

Teniendo en consideración que prácticamente la totalidad de la masa laboral profesa alguna religión, el punto de vista que estas presentan dista de ser despreciable al momento de describir el sentido que se le otorga al trabajo. Gran parte de la visión católica, en la que nos centraremos dada su preponderancia en lo que a creencias respecta, se presenta en la tercera encíclica del papa Juan Pablo II, Laborem exercens (Trabajo laboral), publicada el 14 de septiembre de 1981 y que pasó a incorporarse a la denominada “doctrina social de la Iglesia”.

En esta encíclica se habla del trabajo como un proceso en el que el hombre «somete a la tierra» bajo el mandato de Dios expresado en Gén 1,28: «Procread y multiplicaos, y henchid la tierra; sometedla». Entonces, el trabajo permite prácticamente “colaborar” con Dios en la creación 1. También se plantea que el trabajo está en función del hombre, y no el hombre en función del trabajo 2, o que así debiese ser. Cuando toca hablar de sistemas económicos, presenta un conflicto entre trabajo y capital –evidente, por lo demás– y finaliza desarrollando las problemáticas actuales y sus implicaciones éticas, como es un salario justo, la existencia de los sindicatos, entre otras.

En síntesis, Laborem excercens presenta una visión idealista del trabajo, y que, en consecuencia, se encuentro muy alejada de la realidad de una importante cantidad de personas que día a día viven el significado de un empleo de mala calidad. En esto la Iglesia no comete una falta, porque el papa plantea los lineamientos de un trabajo ideal en la sociedad actual, y es en ese contexto donde desarrolla una visión espiritual. Por ende, cabe preguntarse si personas con salarios ridículamente bajos en comparación con las inmensas ganancias de las empresas para las que laboran, donde además impera una flexibilidad laboral que justifica gran inseguridad y poca estabilidad, podrán encontrar un real sentido para el trabajo en la religión, “colaborando” con Dios en la creación, por ejemplo.

La realidad es que, en la mayoría de los casos, las grandes masas proletarias no encuentran un sentido a lo que realizan, muchas veces porque ni siquiera es su intención buscarlo.  Esto se expresa en un cansancio social, que en el caso específico de Chile se ve reflejado en una especie de “malestar interno” justificado muy detalladamente en varios informes del PNUD 3 y que termina viéndose reflejado en hechos como un aumento en la sensación de inseguridad frente a la delincuencia, el aumento de las consultas sicológicas y una baja productividad 4. La «crisis neoliberal», como la denomina el historiador chileno Gabriel Salazar, «tiende a configurarse como una implosión subjetiva y doméstica, que confronta cada individuo y cada grupo familiar, en una tensión privatizada» 5. Y por supuesto, frente a una situación crítica como esta, el problema del sentido del trabajo se termina diluyendo.

Indudablemente existe un porcentaje, minoritario, pero no extremadamente reducido, de gente satisfecha con su trabajo, lo que se debe generalmente a un empleo de calidad en el que la persona hace lo que le gusta, es decir, sigue su vocación. Esto debiera bastar para darle un sentido al trabajo, más allá de las distintas interpretaciones que la sicología, la religión, y la sociedad nos ofrecen. Cuando seguimos lo que queremos, el sentido viene per se. Y es justamente la ausencia de preferencia en lo que la gran mayoría de las personas hace (circunstancia impuesta muchas veces por el propio sistema neoliberal) lo que trae consigo una sensación de ausencia de sentido. Las personas tienden a pensar (y en muchas ocasiones, con justa razón) que trabajan para otros cuando debiera ser para ellos o para ellos y para los que ellos quieren. Esto no significa egoísmo, sino realización, objetivo que a final de cuentas, todos debiésemos perseguir.

Lo descrito anteriormente no quita al trabajo su humanidad. Podemos decir que el trabajo permite que nos relacionemos, mostrar nuestros valores, desarrollar decisión (esto último cada vez menos dada la creciente jerarquización que concentra en pocos el poder y deja a los últimos eslabones tareas prácticamente mecánicas), realzar nuestra autovaloración, etc. Todo esto no conforma un sentido en sí, un sentido amplio que abarque toda la labor que se realiza, aunque en ocasiones pueden transformarse en sentidos instantáneos, diarios, que dejan satisfechos momentáneamente.

En sentido del trabajo, entonces, debiese ser dado por cada uno, en virtud de nuestras propias intenciones y preferencias. El buscarlo es una labor imperiosa en una sociedad cada vez más tecnócrata, y el encontrarlo nos puede llevar a la complacencia, y quizás, a la felicidad.

Referencias

(1)   Laborem exercens, carta encíclica del papa Juan Pablo II (1981). § II. El trabajo y el hombre, 4. En el libro del Génesis.

(2)   Íbid. § II. El trabajo y el hombre, 6. El trabajo en sentido subjetivo: el hombre, sujeto del trabajo.

(3)   Desarrollo Humano en Chile: Las Paradojas de la Modernización, informe elaborado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). Santiago, 1998.

(4)   “Estudio revela baja productividad de firmas en Chile ante EE.UU. y región”, en Terra, 21 de diciembre de 2010. Consultado en http://economia.terra.com.co/noticias/noticia.aspx?idNoticia=201012212040_INV_79447623

(5)   Salazar, Gabriel. Ser niño “huacho” en la historia de Chile (siglo XIX). Santiago, 2006. pp. 96.

Ensayo en el que se debían considerar varios puntos de vista, entre ellos el de la Iglesia. Abril de 2011.

Rayuela, novela ampliamente citada como una de las más trascendentes dentro de la literatura hispanoparlante. Antinovela, sin una narración coherente, crítica desgarradora de la literatura contemporánea, Rayuela es la ejecución última de un crimen muchas veces planeado pero que nadie se había atrevido a cometer, y su publicación demostró que un texto ilógico, que raya en lo irrelevante durante amplios pasajes (pasajes gracias a los cuales alcanza una consistencia única e incomparable con cualquier otra obra anterior), sin una narración ni un planteamiento en apariencia coherente, puede hacerse carne, papel, letras tangibles para un lector acometido o casual.

La obra presenta una crítica constante a la realidad mediante la creación de otra, muy similar a la nuestra pero con la diferencia de que está dominada por las complejas relaciones sicológicas de cada uno de los personajes con su entorno. De esta forma los personajes se desenvuelven de una forma más cómoda, casi grácil entre ellos, creando una atmósfera que inmiscuye al lector en un mundo que de tanto serle ajeno se le vuelve familiar. Esto es especialmente notable en las largas reflexiones de los personajes durante las cuales parece tan sencillo hilar ideas y pasar de un punto a su completa antítesis en menos de cinco líneas.

Es momento entonces de analizar la narrativa del libro. Una de las cosas (o quizás, la cosa) que hace a Rayuela tan interesante es cómo Cortázar cuenta su historia, que gira en torno a Horacio Oliveira, intelectual argentino, y su vida, primero en París con un grupo de intelectuales además de la Maga, mujer misteriosa y atrayente; y luego tras un episodio puntual que provoca el derrumbe de su vida allá, en Argentina, donde se reúne con Traveler, un antiguo amigo, su esposa Talita y Gekrepten, la incondicional mujer de Horacio. Un aspecto importante de la narración es como el autor se centra y le da más importancia a los detalles que a la idea central en sí, y como puede aferrarse de un hilo dentro de un acontecimiento para dar lugar a la formación de todo uno nuevo.

Todo esto permite que el libro sea algo distinto cada vez que se lee, que quede a completa disposición del lector el detenerse en algún punto en específico cuando lo desee y desentrañarlo hasta lo más íntimo, y saborear cada uno de los prácticamente infinitos ángulos que Rayuela ofrece. El ejemplo más vivo de esto ocurre cuando el lector sigue a la novela de acuerdo al tablero de dirección (que marca el orden en que los capítulos deben ser leídos), encontrándose con amplios pasajes que al parecer no guardan relación con la historia medular pero que nos hunden en divagaciones como éstas:

«La vida, como un comentario de otra cosa que no alcanzamos, y que está ahí al alcance del salto que no damos.

La vida, un ballet sobre un tema histórico, una historia sobre un hecho vivido, un hecho vivido sobre un hecho real.

La vida, fotografía del número, posesión en las tinieblas (¿mujer, monstruo?), la vida, proxeneta de la muerte, espléndida baraja, tarot de claves olvidadas que unas manos gotosas rebajan a un triste solitario.»

Capítulo 104, p.460

«- ¿Qué sabes? ¿Qué podés saber, vos? Estás ahí en tu pieza, viviendo y cocinando y leyendo la enciclopedia autodidáctica, y de noche vas al circo, y entonces te parece que solamente estás ahí en donde estás. ¿Nunca te fijaste en los picaportes de las puertas, en los botones de metal, en los pedacitos de vidrio?

- Sí, a veces me fijo – dijo Talita.

- Si te fijaras bien verías que por todos lados, donde menos se sospecha, hay imágenes que copian todos tus movimientos. Yo soy muy sensible a esas idioteces, creeme.

- Vení, toma la leche que ya se le formó la nata – dijo Gekrepten. ¿Por qué hablan siempre de cosas raras?»

Capítulo 41, p. 261

Y no es que Cortázar haya creado un mundo de fantasías para albergar estas interpelaciones directas a la existencia, al contrario: las letras de Rayuela se desarrollan en un éter muy espeso, racional y frío, tanto o más que el que nosotros nos tragamos a diario.

Es por todo esto que, a fin de cuentas, la lectura de Rayuela no se torna del todo recomendable para quien no sepa apreciar estas cualidades, transformándose en un libro que se digiere lento pero seguro, en un camino con baches y secciones de altísima velocidad. El constante cuestionamiento al presente constituye una temática en la que Rayuela es pionera y que otros autores, desde Borges a Bolaño, no dudarían en replicar.

Julio Cortázar, autor innovador, que se encarga de romper los moldes tradicionales y de plasmar en papel mejor que nadie al surrealismo, es quien da vida a la novela. Vivió gran parte de su adolescencia y adultez en Argentina para luego establecerse en París en 1951. Falleció allí en 1984, y hoy es costumbre dejar en su lápida (sobre la que se yergue la imagen de un cronopio, personaje de otra de sus obras) una copa, un vaso de vino o un papel con una rayuela dibujada, quizás con la esperanza de que el prolífico autor haya alcanzado su última casilla, el Igdrassil que tanto anhelaba, el centro del mandala.

Pobre y somera reseña (diciembre, 2010) de “Rayuela” (1963). 34º edición, Editorial Sudamericana (junio de 1994).

A pocas semanas de cumplir 200 años de existencia, Chile se debate entre la catástrofe que significó el terremoto, los residuos de una crisis económica y otras variopintas situaciones, como el tener a 33 compatriotas aislados a 700 metros bajo tierra. En mucho tiempo no habrá mejor momento para preguntarse: ¿qué significa ser chileno?. Para mí, persona no muy fanática del nacionalismo exacerbado (algunos me llamarían ‘poco patriota’), el ser chileno no es más que una etiqueta, un adjetivo en el pasaporte, una serie de letras que al azar designan el pedazo de tierra en el que habito. Pero por supuesto, nos hemos ido conformando y ser chileno significa también otras cosas. Significa creer y caer, sea en políticos y sus promesas, sea en una teletón trucha y unas mediaguas pobretonas, sea en el SERNAGEOMIN y en una mina derrumbada, sea en un niño y sus ganas de salir adelante. Significa tener mala memoria. Pucha que tenemos mala memoria. Significa discutir. Y vaya que le damos vueltas a cualquier asunto antes de hacer algo concreto. Y así. Uno trata de definir la idiosincrasia nacional, pero la esencia del país es intangible e indescriptible, porque no descansa en un gobierno, en Andrónico Luksic o en la casa de la nana de los Luksic. Está, al fin y al cabo, en cada lágrima, en cada grito, en cada himno cantado al aire, en cada bofetada, en cada temblor, en cada uno de esos extraños sudacas que nos hacemos llamar “chilenos”.

Breve concepción personal de “ser chileno”, para un acto días antes del bicentenario.

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