Rayuela, novela ampliamente citada como una de las más trascendentes dentro de la literatura hispanoparlante. Antinovela, sin una narración coherente, crítica desgarradora de la literatura contemporánea, Rayuela es la ejecución última de un crimen muchas veces planeado pero que nadie se había atrevido a cometer, y su publicación demostró que un texto ilógico, que raya en lo irrelevante durante amplios pasajes (pasajes gracias a los cuales alcanza una consistencia única e incomparable con cualquier otra obra anterior), sin una narración ni un planteamiento en apariencia coherente, puede hacerse carne, papel, letras tangibles para un lector acometido o casual.

La obra presenta una crítica constante a la realidad mediante la creación de otra, muy similar a la nuestra pero con la diferencia de que está dominada por las complejas relaciones sicológicas de cada uno de los personajes con su entorno. De esta forma los personajes se desenvuelven de una forma más cómoda, casi grácil entre ellos, creando una atmósfera que inmiscuye al lector en un mundo que de tanto serle ajeno se le vuelve familiar. Esto es especialmente notable en las largas reflexiones de los personajes durante las cuales parece tan sencillo hilar ideas y pasar de un punto a su completa antítesis en menos de cinco líneas.

Es momento entonces de analizar la narrativa del libro. Una de las cosas (o quizás, la cosa) que hace a Rayuela tan interesante es cómo Cortázar cuenta su historia, que gira en torno a Horacio Oliveira, intelectual argentino, y su vida, primero en París con un grupo de intelectuales además de la Maga, mujer misteriosa y atrayente; y luego tras un episodio puntual que provoca el derrumbe de su vida allá, en Argentina, donde se reúne con Traveler, un antiguo amigo, su esposa Talita y Gekrepten, la incondicional mujer de Horacio. Un aspecto importante de la narración es como el autor se centra y le da más importancia a los detalles que a la idea central en sí, y como puede aferrarse de un hilo dentro de un acontecimiento para dar lugar a la formación de todo uno nuevo.

Todo esto permite que el libro sea algo distinto cada vez que se lee, que quede a completa disposición del lector el detenerse en algún punto en específico cuando lo desee y desentrañarlo hasta lo más íntimo, y saborear cada uno de los prácticamente infinitos ángulos que Rayuela ofrece. El ejemplo más vivo de esto ocurre cuando el lector sigue a la novela de acuerdo al tablero de dirección (que marca el orden en que los capítulos deben ser leídos), encontrándose con amplios pasajes que al parecer no guardan relación con la historia medular pero que nos hunden en divagaciones como éstas:

«La vida, como un comentario de otra cosa que no alcanzamos, y que está ahí al alcance del salto que no damos.

La vida, un ballet sobre un tema histórico, una historia sobre un hecho vivido, un hecho vivido sobre un hecho real.

La vida, fotografía del número, posesión en las tinieblas (¿mujer, monstruo?), la vida, proxeneta de la muerte, espléndida baraja, tarot de claves olvidadas que unas manos gotosas rebajan a un triste solitario.»

Capítulo 104, p.460

«- ¿Qué sabes? ¿Qué podés saber, vos? Estás ahí en tu pieza, viviendo y cocinando y leyendo la enciclopedia autodidáctica, y de noche vas al circo, y entonces te parece que solamente estás ahí en donde estás. ¿Nunca te fijaste en los picaportes de las puertas, en los botones de metal, en los pedacitos de vidrio?

- Sí, a veces me fijo – dijo Talita.

- Si te fijaras bien verías que por todos lados, donde menos se sospecha, hay imágenes que copian todos tus movimientos. Yo soy muy sensible a esas idioteces, creeme.

- Vení, toma la leche que ya se le formó la nata – dijo Gekrepten. ¿Por qué hablan siempre de cosas raras?»

Capítulo 41, p. 261

Y no es que Cortázar haya creado un mundo de fantasías para albergar estas interpelaciones directas a la existencia, al contrario: las letras de Rayuela se desarrollan en un éter muy espeso, racional y frío, tanto o más que el que nosotros nos tragamos a diario.

Es por todo esto que, a fin de cuentas, la lectura de Rayuela no se torna del todo recomendable para quien no sepa apreciar estas cualidades, transformándose en un libro que se digiere lento pero seguro, en un camino con baches y secciones de altísima velocidad. El constante cuestionamiento al presente constituye una temática en la que Rayuela es pionera y que otros autores, desde Borges a Bolaño, no dudarían en replicar.

Julio Cortázar, autor innovador, que se encarga de romper los moldes tradicionales y de plasmar en papel mejor que nadie al surrealismo, es quien da vida a la novela. Vivió gran parte de su adolescencia y adultez en Argentina para luego establecerse en París en 1951. Falleció allí en 1984, y hoy es costumbre dejar en su lápida (sobre la que se yergue la imagen de un cronopio, personaje de otra de sus obras) una copa, un vaso de vino o un papel con una rayuela dibujada, quizás con la esperanza de que el prolífico autor haya alcanzado su última casilla, el Igdrassil que tanto anhelaba, el centro del mandala.

Pobre y somera reseña (diciembre, 2010) de “Rayuela” (1963). 34º edición, Editorial Sudamericana (junio de 1994).