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El trabajo, considerado como una actividad humana y por tanto social, ha estado presente en la historia del hombre desde los mismos principios de su existencia, cuando partía desde las cavernas a buscar comida. Hoy, las definiciones más actuales de trabajo, muy asociadas con el concepto laboral de la palabra, suelen olvidar este ejemplo, aún cuando en su esencia son lo mismo: la búsqueda de una “recompensa” que nos permite seguir viviendo.

La sociedad occidental en la que nos desenvolvemos ha dejado muy atrás, desde luego, la idea de ir y tomar nosotros mismos las cosas que necesitamos, y lo ha cambiado por una serie de eslabones en los que, indefectiblemente, necesitaremos algo denominado dinero para obtenerlas.

El dinero es la base misma que sostiene la inmensa estructura económica de todos los sistemas que imperan en el mundo actualmente. En su concepto más básico no es más que un trueque que implica el cambio de una bolsa de arroz, por ejemplo, por algo que toda la sociedad ha acordado debe tener un valor equivalente a esa bolsa de arroz. Este algo es una cierta cantidad de dinero, y el procedimiento de compra-venta es algo tan arraigado que los niños más pequeños lo comprenden antes de siquiera aprender a leer o escribir.

Y entendido que la economía se sostiene, además, en el trabajo, es fácil deducir la asociación entre trabajo y dinero: hoy en día, independiente de las profesiones, vocaciones, gustos y emprendimientos, las grandes masas trabajan para ganar dinero, con el que sustentar sus propias vidas y muy usualmente, la de sus familias.

Todo esto es una definición muy general del concepto de trabajo, aplicada a nuestro contexto social y económico más inmediato. Sin embargo, en muchas ocasiones el propósito mismo del trabajo va más allá de obtener mecánicamente una recompensa. Esto se debe a la naturaleza propia del ser humano, quien busca otorgarle un significado a lo que hace, y es aquí cuando comenzamos a hablar de las distintas visiones existentes sobre el sentido y el valor del trabajo.

Teniendo en consideración que prácticamente la totalidad de la masa laboral profesa alguna religión, el punto de vista que estas presentan dista de ser despreciable al momento de describir el sentido que se le otorga al trabajo. Gran parte de la visión católica, en la que nos centraremos dada su preponderancia en lo que a creencias respecta, se presenta en la tercera encíclica del papa Juan Pablo II, Laborem exercens (Trabajo laboral), publicada el 14 de septiembre de 1981 y que pasó a incorporarse a la denominada “doctrina social de la Iglesia”.

En esta encíclica se habla del trabajo como un proceso en el que el hombre «somete a la tierra» bajo el mandato de Dios expresado en Gén 1,28: «Procread y multiplicaos, y henchid la tierra; sometedla». Entonces, el trabajo permite prácticamente “colaborar” con Dios en la creación 1. También se plantea que el trabajo está en función del hombre, y no el hombre en función del trabajo 2, o que así debiese ser. Cuando toca hablar de sistemas económicos, presenta un conflicto entre trabajo y capital –evidente, por lo demás– y finaliza desarrollando las problemáticas actuales y sus implicaciones éticas, como es un salario justo, la existencia de los sindicatos, entre otras.

En síntesis, Laborem excercens presenta una visión idealista del trabajo, y que, en consecuencia, se encuentro muy alejada de la realidad de una importante cantidad de personas que día a día viven el significado de un empleo de mala calidad. En esto la Iglesia no comete una falta, porque el papa plantea los lineamientos de un trabajo ideal en la sociedad actual, y es en ese contexto donde desarrolla una visión espiritual. Por ende, cabe preguntarse si personas con salarios ridículamente bajos en comparación con las inmensas ganancias de las empresas para las que laboran, donde además impera una flexibilidad laboral que justifica gran inseguridad y poca estabilidad, podrán encontrar un real sentido para el trabajo en la religión, “colaborando” con Dios en la creación, por ejemplo.

La realidad es que, en la mayoría de los casos, las grandes masas proletarias no encuentran un sentido a lo que realizan, muchas veces porque ni siquiera es su intención buscarlo.  Esto se expresa en un cansancio social, que en el caso específico de Chile se ve reflejado en una especie de “malestar interno” justificado muy detalladamente en varios informes del PNUD 3 y que termina viéndose reflejado en hechos como un aumento en la sensación de inseguridad frente a la delincuencia, el aumento de las consultas sicológicas y una baja productividad 4. La «crisis neoliberal», como la denomina el historiador chileno Gabriel Salazar, «tiende a configurarse como una implosión subjetiva y doméstica, que confronta cada individuo y cada grupo familiar, en una tensión privatizada» 5. Y por supuesto, frente a una situación crítica como esta, el problema del sentido del trabajo se termina diluyendo.

Indudablemente existe un porcentaje, minoritario, pero no extremadamente reducido, de gente satisfecha con su trabajo, lo que se debe generalmente a un empleo de calidad en el que la persona hace lo que le gusta, es decir, sigue su vocación. Esto debiera bastar para darle un sentido al trabajo, más allá de las distintas interpretaciones que la sicología, la religión, y la sociedad nos ofrecen. Cuando seguimos lo que queremos, el sentido viene per se. Y es justamente la ausencia de preferencia en lo que la gran mayoría de las personas hace (circunstancia impuesta muchas veces por el propio sistema neoliberal) lo que trae consigo una sensación de ausencia de sentido. Las personas tienden a pensar (y en muchas ocasiones, con justa razón) que trabajan para otros cuando debiera ser para ellos o para ellos y para los que ellos quieren. Esto no significa egoísmo, sino realización, objetivo que a final de cuentas, todos debiésemos perseguir.

Lo descrito anteriormente no quita al trabajo su humanidad. Podemos decir que el trabajo permite que nos relacionemos, mostrar nuestros valores, desarrollar decisión (esto último cada vez menos dada la creciente jerarquización que concentra en pocos el poder y deja a los últimos eslabones tareas prácticamente mecánicas), realzar nuestra autovaloración, etc. Todo esto no conforma un sentido en sí, un sentido amplio que abarque toda la labor que se realiza, aunque en ocasiones pueden transformarse en sentidos instantáneos, diarios, que dejan satisfechos momentáneamente.

En sentido del trabajo, entonces, debiese ser dado por cada uno, en virtud de nuestras propias intenciones y preferencias. El buscarlo es una labor imperiosa en una sociedad cada vez más tecnócrata, y el encontrarlo nos puede llevar a la complacencia, y quizás, a la felicidad.

Referencias

(1)   Laborem exercens, carta encíclica del papa Juan Pablo II (1981). § II. El trabajo y el hombre, 4. En el libro del Génesis.

(2)   Íbid. § II. El trabajo y el hombre, 6. El trabajo en sentido subjetivo: el hombre, sujeto del trabajo.

(3)   Desarrollo Humano en Chile: Las Paradojas de la Modernización, informe elaborado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). Santiago, 1998.

(4)   “Estudio revela baja productividad de firmas en Chile ante EE.UU. y región”, en Terra, 21 de diciembre de 2010. Consultado en http://economia.terra.com.co/noticias/noticia.aspx?idNoticia=201012212040_INV_79447623

(5)   Salazar, Gabriel. Ser niño “huacho” en la historia de Chile (siglo XIX). Santiago, 2006. pp. 96.

Ensayo en el que se debían considerar varios puntos de vista, entre ellos el de la Iglesia. Abril de 2011.

A pocas semanas de cumplir 200 años de existencia, Chile se debate entre la catástrofe que significó el terremoto, los residuos de una crisis económica y otras variopintas situaciones, como el tener a 33 compatriotas aislados a 700 metros bajo tierra. En mucho tiempo no habrá mejor momento para preguntarse: ¿qué significa ser chileno?. Para mí, persona no muy fanática del nacionalismo exacerbado (algunos me llamarían ‘poco patriota’), el ser chileno no es más que una etiqueta, un adjetivo en el pasaporte, una serie de letras que al azar designan el pedazo de tierra en el que habito. Pero por supuesto, nos hemos ido conformando y ser chileno significa también otras cosas. Significa creer y caer, sea en políticos y sus promesas, sea en una teletón trucha y unas mediaguas pobretonas, sea en el SERNAGEOMIN y en una mina derrumbada, sea en un niño y sus ganas de salir adelante. Significa tener mala memoria. Pucha que tenemos mala memoria. Significa discutir. Y vaya que le damos vueltas a cualquier asunto antes de hacer algo concreto. Y así. Uno trata de definir la idiosincrasia nacional, pero la esencia del país es intangible e indescriptible, porque no descansa en un gobierno, en Andrónico Luksic o en la casa de la nana de los Luksic. Está, al fin y al cabo, en cada lágrima, en cada grito, en cada himno cantado al aire, en cada bofetada, en cada temblor, en cada uno de esos extraños sudacas que nos hacemos llamar “chilenos”.

Breve concepción personal de “ser chileno”, para un acto días antes del bicentenario.

Durante las semanas posteriores al terremoto del 27 de febrero, parte importante de las voces que se levantaron lo hicieron para expresar su estupor frente a la serie de eventos (saqueos, anarquía y descontrol) que le prosiguieron.

Sin embargo, pareciese que a días de cumplirse tres meses del cataclismo, ya nadie, ni en el poder central, ni en Concepción y sus alrededores, ni en ninguna parte, recordara los eventos sucedidos. Planteado como una analogía, lo que vimos fue algo similar a una olla a presión, que se destapó tras el movimiento, pero que con fuerza bruta (militarización, toque de queda, veto a la prensa para cubrir ciertas informaciones mediante) volvió a cubrir eficazmente el grave conflicto social que hierve en su interior.

Los hechos hablan por sí mismos. A la primera posibilidad se expresó un descontento, casi una especie de venganza no pensada de esa forma pero así ejecutada, por amplios grupos sociales contra la histórica clase que ha gobernado el país, hace dos siglos a través de la imposición militar de un Estado liberal por Portales, y hoy a través de grandes cadenas comerciales (con sus abusivos intereses, créditos desregulados y grotescas ganancias con una relación trabajo-renumeración deplorable) e interminables apernamientos políticos (que pudimos gozar durante cuatro gobiernos sucesivos, y quizás quien sabe más en el parlamento).

Todo esto es producto de la existencia de una masa marginal semicesante, en palabras del historiador Gabriel Salazar, que se originó cuando “el campesinado chileno fue destruido en el siglo XIX”, desapareciendo la clase media rural, con tierra y casa propia. En cálculos de este mismo historiador, en ese siglo “un 66% de la fuerza laboral tenía un trabajo precario, estacional, sin previsión”. De acuerdo a un estudio realizado por el Instituto Nacional de Asuntos Públicos de la U. de Chile en enero de este año, más de un 60% de la fuerza laboral actual “trabaja por cuenta propia, son asalariados sin contratos, tienen bajos sueldos, no tienen previsión, salud y tampoco capacitación”.

Con toda esta información, se puede llegar a una conclusión: esto es solo el principio. De una u otra forma, se está acumulando decepción e impotencia por la falta de oportunidades, la desigualdad, la ignorancia y la inconciencia de la clase política. Y tarde o temprano otra catástrofe, un gobierno de derecha, o cualquier otro evento, podrían ser catalizadores de quien sabe qué, a menos que dejemos de subestimar lo que se gesta en lo más íntimo de cada hogar pobre del país.

La dictadura de Pinochet lo hizo durante 17 años, en los que se decidió que el Estado no intervendría en la cosa social. La Concertación neoliberal, aún teniendo la oportunidad, decidió mantenerlo así por 20 años más. ¿El resultado? Darle, el 11 de marzo de este año, la bienvenida a una nueva forma de gobernar.

–Carta al director, escrita a fines de mayo de 2010.

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